El Barrio Victoria es conocido por conservar la tradición del calzado nacional artesanal. Cuero suela y badana se fusionan para dar vida a un proceso de trabajo, saberes, tradiciones, que con el paso del tiempo han configurado un patrimonio material e inmaterial que emerge de la transmisión de memorias familiares que habitan en sus calles y pasajes.
Artesanos, comerciantes, ferianos, han dado forma y sentido a un modo de vida particular, vinculado al oficio de la marroquinería, talabartería y zapatería.

Rostros silentes de hombres y mujeres artesanas abrigan cotidianamente un universo de secretos, que en cada golpeteo del troquel, en cada costura, en cada corte, van develando el oficio, ese saber hacer que nace de la práctica constante, del arte de la repetición inagotable que mejora la técnica, que habita y da cuenta de un “saber hacer”, hijo de la tradición, de la herencia, del tiempo pasado y presente que da al cuero, infinitas formas y colores.

Una forma de ser-hacer que un forastero difícilmente podrá registrar si no es capaz de sumergirse y detenerse en los detalles que dan cuenta de sus formas, porque para encontrarlas y reconocerlas hay que viajar por los rincones, por los pasajes, cités y conventillos que resguardan esta vida.
Un viaje que ha de contar con la bienvenida de sus habitantes, que con recelo y justificada razón se protegen de la usurpación, del uso y abuso de periodistas, fotógrafos, antropólogos, sociólogos que buscan la noticia y el reportaje por sobre la relación, que caminan preocupados más por ser reconocidos que por reconocer la experiencia del otro.

Un mapa de relaciones que desde su sencillez abarrotan de carteras, zapatos, tallados, cinturones, billeteras, sombreros, las vitrinas y escaparates que sobreviven a la irrupción de lo desechable, de lo sintético, de la maquinaria feroz de la importación y la reventa. Un camino de crisis y apogeos que estos artesanos y artesanas han logrado caminar y sostener hasta estos tiempos y en este espacio. Muchos y muchas han partido, el paso implacable del tiempo ha envejecido sus manos y rostros.

Sus orígenes pueden ir a buscarse allá por principios del 1900, cuando comienzan a instalarse en la calle San Diego, Victoria, Arturo Prat y Chiloé, las primeras suelerías, fuente de la materia prima que dará vida muchos años después a los primeros talleres de zapateros-artesanos que abrigando en sus manos una chaveta (cuchillo para cortar el cuero), una lerna, un sacabocados, comenzarán a forjar la historia del calzado nacional.
Hacia mediados del siglo pasado comenzarán a verse las primeras máquinas que vendrán a apoyar la producción. Maquinaria de fierro fundido, venidas en su mayoría de Italia y posteriormente de Brasil serán compañeras de aparadores-as, costureros-as, cortadores-as.
Pocos y pocas han continuado desarrollando este modo de ser porque hoy la subsistencia del oficio y sus artesanos se enfrenta al ritmo de los tiempos, a la velocidad del mercado, que poco sabe del hacer a mano, que ignora el proceso de enseñanza aprendizaje del hacer haciendo.

Un rincón de la zona centro sur que aún mantiene el olor a pegamento, el colorido de las suelerías, el sonido de tacos y tacones, un lugar a conocer paso a paso.